Entrevistas :::: Lori Berenson, horas antes de volver a la cárcel, habla sobre su arrepentimiento, el estigma que la persigue y la posibilidad de que su hijo la repudie en el futuro.
Activista del MRTA Lori Berenson.
El miércoles 18, al mediodía, Lori Berenson se encontraba al interior de la embajada de EE.UU. en Lima cuando se le informó que el Colegiado C de la Sala Penal Nacional acababa de ordenar su reclusión por considerar que la Policía no verificó oportunamente el lugar de su domicilio.
La norteamericana de 40 años se entregó a la justicia peruana en la misma sede diplomática. Esa tarde sorteó al enjambre de periodistas e ingresó a la carceleta de Palacio de Justicia llevando en brazos a Salvador, su único hijo de año y medio. Esa noche ambos durmieron juntos en el penal de máxima seguridad de mujeres de Chorrillos. Berenson ya cumplió con las tres cuartas partes de su sentencia, pues accedió legítimamente a los beneficios penitenciarios del Decreto Legislativo 927, promulgado en el 2003. Este permite a los condenados por terrorismo acogerse a la rendición de pena por trabajo y educación. Además, un informe del Consejo Técnico Penitenciario del INPE concluyó que “ella no es más un perjuicio para la sociedad”. La neoyorquina se encuentra presa desde hace 15 años.
El mismo miércoles 18, horas antes de retornar a prisión, recibió a CARETAS en su departamento y concedió una extensa entrevista.
–¿Qué piensa de la revocatoria de su libertad?
–Es una injusticia tremenda. Nada más tengo que decir sobre eso.
–¿Y por qué debería estar libre?
–Estoy trabajando y viviendo en sociedad, como cualquier otra persona. Para eso existe una política penitenciaria de resocialización. Si la persona que está presa nunca puede volver a la sociedad, entonces deben cambiar la Constitución. Yo no le estoy causando problemas a nadie. Al contrario, estoy reconstruyendo mi vida. Mi hijo ha estado con acompañamiento policial desde que fue concebido y yo no le voy a ocultar nada. Si me repudia es su derecho. Una de las cosas que sí me dolería es que me repudie por no haber estado con él. Quiero ser transparente. No tiene que estar de acuerdo conmigo, no quiero engañarlo y decirle: estuvo bien lo que hice. No.
–Usted es vista como el rostro representativo de la subversión, del MRTA.
–A veces lo entiendo porque a las personas las están alimentando con información inexacta sobre mi persona. Me gritan asesina en la calle. Hasta asesina de niños. No sé de dónde han sacado eso. Es muy duro. Yo asumí mi responsabilidad. Si tuve un vínculo con la violencia lo asumo, pero tampoco voy a asumir responsabilidad que no ha sido mía. Ese vínculo fue calificado de secundario según la confirmación de mi sentencia en la Corte Suprema. No fue una vinculación dirigencial ni mucho menos. Sin embargo salgo como cara representativa del terrorismo durante no sé cuántos años.
–¿Por qué en el juicio al que fue sometida en el 2001 no fue enfática en condenar públicamente el accionar del MRTA? Eso le fue reprochado.
–Yo sé que hubo actos de violencia condenables cometidos por el MRTA. Pero yo no iba a usar ese foro para condenar a un montón de personas para que me bajen la sentencia. No me parecía ético..
–Si su vinculación era secundaria, ¿por qué su liberación era uno de los pedidos de los miembros del MRTA que tomaron la casa del Embajador de Japón en 1997?
–No supe de eso hasta mucho tiempo después. No me queda claro si fue cierto o quién hizo la lista de exigencias. Ahora es difícil saberlo porque una de las partes no está para preguntar.
–¿Se ha acostumbrado a que le digan terrorista?
–Sí. Al inicio me fue muy chocante tener que asumir que me llamaran así. No sé en qué año comencé a acostumbrarme y ya no me importó. Creo que era el 2003. Recuerdo haber escrito bastante: no soy terrorista. Yo no vine a sembrar terror.
–Su solo nombre genera rechazo. ¿Está consciente de ello?
–Entiendo el rechazo. Quisiera poder explicarle a cada uno que en verdad no soy la persona que creen. Sé que es difícil para quien escuche, pero esa es la verdad. Si no estoy cometiendo un delito quisiera el anonimato para continuar con mi vida. Siento la frustración de pensar ¿qué más quieren de mí? Porque incluso me pongo a pensar, estoy otros cinco años más en la cárcel, ¿eso será suficiente? Creo que no.
–¿Cómo fue para usted salir de prisión, tras 15 años, y estar nuevamente libre?
–Me sentí aturdida. Hubiera sido más fácil si hubiera podido andar como cualquier persona, que es lo que pasa con la mayoría de los que salen. La diferencia es que la gente ya tiene una imagen de mí. Además que no conozco las calles y no sé por dónde caminar, la gente me reconoce y me imputan y me gritan: bombas, Tarata. Me siento incómoda y mi presencia incomoda. Me ha costado continuar con mi vida. Pero también hay personas de buena voluntad que se me han acercado diciendo que merezco una segunda oportunidad. Y sí la merezco. (Patricia Caycho).




